miércoles, 16 de julio de 2014

42 Gramos.

Tras bajar la persiana, la mente
se vistió a oscuras con los retales
de fe ciega, de mediodías,
y de resacas existenciales.

Tras emborracharme con el diablo
perdí el tren de vuelta a las alturas.
Y ya no recuerdo el vecindario,
y las cartas con mi nombre
se bañaron en ántrax entre tu aliento
de azúcar y cuentas pendientes.

Tras engullir la calzada, mis piernas
pactaron un alto al fuego, derretido
entre el calor de invierno y las manos
de cera que reposaban al sol.

Sigo debiéndole noches al pecado,
y el ocaso está más cerca que el alba.
Se oyen sirenas de policía, y las barricadas
siguen huérfanas de piedras y caminos.
El universo baila entre bromas, y las calles
transitan por cada historia y cada suela.

Pero más allá de esta ciudad,
de tu exilio, y de la chica de ayer.
Más allá del tiempo y sus fronteras,
del espacio y sus dogmas, dejaremos
42 gramos en sus bocas repartidas,
42 gramos en sus bocas escritas.

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