jueves, 26 de marzo de 2015

La aduana de abril.

Si apostamos por encalar el tejado en nuestro suelo
yo también fundiría esta jaula de tierra quemada
y labraría centeno y miel sobre las arrugas
del oasis que son tus labios.

Pero no hay indicios de primavera en la periferia
de mi desmundo, ni delito en cruzar
la aduana de abril con el invierno a rastras;
marcando los rastros de carmín, embarrando
la senda por la que un día solo serás recuerdo.

Dicen que la vida es eso: encallarse en el lodo
y rugir hasta la afonía el quizás que nunca veremos.
Mas no cederemos aunque se expanda el barro
aunque nos trague el mar y se esconda el puerto,
pues tú eres viento y eres oleaje,
y yo los restos de un naufragio
bajo el dictamen de la deriva.

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